Sobrevaluado

A veces pienso que hay cosas que están muy sobrevaluadas.

Todos, aunque no lo digan, quieren tener miles de seguidores en Twitter. ¿Para que pregunto yo?. Yo prefiero tener pocos y sentir que cada uno es especial.

Vos que vivís en Rosario y sos divina. Vos que vivís en Tucumán y sos como mi alama gemela. Tomamos la merienda con Tortitas Black y Cindor. Vos, por allá que vivís del otro lado del charco y cantas conmigo. Ella y él que me saludan en la mañanas. Y vos que me das los mejores consejos. Todos son esas personas especiales que están en la vida 2.0 y que me acompañan cuando estoy frente a la compu.

Por tener esta relación con cada uno de ellos es que prefiero pocos a muchos.

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¿Vos que serás?

La mayoría de los hombres se dividen en dos categorias.

La primera se denomina “pan, pan y adentro”. Esta refiere a aquellos hombres que solo son para una noche y nada más. Pero solo una. Porque más de dos ya entra en un limbo categorial. Ej: Brad Pitt.

La segunda categoria se denomina “chancleta y fatura”.Esta refiere a aquellos hombres que imaginamos con chancletas haciendo el asado los domingos. Ej: Joaquin Phoenix.

Estas categorias no necesariamente implica que sintamos algo por ellos. Si no que es cuestión de piel. Una los mira y siente que entran acá o allá.


Inconformismo

Una mujer con experiencia me dijo un día: “Buscá un hombre con cualidades que le duren para siempre. Lo lindo un día se va y te quedás sin nada”. Palabras sabias.
Siempre andamos mirando y pretendiendo un cuerpo hermoso, perfecto, ya sea el nuestro o de quien nos acompaña. Gimnasio, dietas, cirugías y demás.
Y yo reflexiono: No es más fácil mirar y ver lo que hay, que andar queriendo otra cosa. El inconformismo nos impide disfrutar. El incorformismo nos vuelve diabéticos, anoréxicos, ciegos y sordos. Siempre queremos más dulce, menos kilos, más belleza y más volumen. Solo hay que querer eso que podemos alcanzar (a la góndola de arriba de todo no voy a llegar nunca) y para saber que podemos alcanzar estamos todo una vida.

Despedida sin palabras, sin miradas

Diego y Helena trabajaban en una oficina del microcentro. Ambos eran arquitectos y compañeros de trabajo desde hace cinco años.

Esa tarde estaban juntos en el comedor de la oficina. Diego se sirvió un café con leche y azúcar. Nerviosamente revolvió, con la cuchara, la infusión. Al mismo tiempo Helena preparaba té y miraba a Diego de reojo. El bebió el café y dejo la taza en la mesada. Unos minutos mas tarde, él encendió un cigarrillo y comenzó a jugar. Hizo aros con el humo. Mientras dejaba caer la ceniza en un cenicero de lata. Ella termino su té y leía una revista, Living. No dejaba de buscarlo con la mirada. En el silencio del comedor, Helena interrumpió, preguntando sobre el tiempo. “Frío” contestó él, sin prestar demasiada atención.

De repente, sin mediar palabra, ni mirada, Diego se levantó. Se puso el sombrero y el impermeable. Afuera llovía, pero nunca hablaron de eso en su charla acerca del clima.

Entonces, se fue bajo la lluvia sin decir nada y tampoco sin mirar atrás. Helena se cubrió la cara con las manos y empezó a llorar. Los espasmos la hacían temblar.

Ese era el último día de trabajo de Diego. Y esa había sido la despedida. Sin palabras, sin miradas.

 

Todos tenemos algo que decir

Hace tiempo me puse a pensar que hoy en día es fácil decir lo que uno opina o piensa con solo tener una computadora y escribir. Todos podemos tener un blog y expresar lo que nos pasa por la cabeza. Pero de tanto leer blogs por ahí, y de tanto escritor suelto por la virtualidad nos olvidamos de pensar si alguien le interesa lo que decimos. No es ese el punto. O tal vez el punto es que en un mundo lejano alguien lee y dice “esta persona dice lo que yo pienso” o “opina igual que yo”. Y de eso se trata la libertad de escribir.

Y tal vez de eso se trata. Escribe, escribe que a alguien le interesará.